"Ese día irrumpieron, como cualquier otro. Digamos entonces que fue un martes.
Arribaron aquellos extraterrestres. Su inaudito lenguaje colmó nuestras fronteras, mientras los niños seguían naciendo. Como quien se pavonea de su condición, uno a uno nos demostraron que en verdad creían que no teníamos nada propio para darles. Les dábamos nuestro alimento, pero en él no veían más que vegetales, carnes y granos que llamaban su atención. Vegetales, carnes, granos que querían hacer suyos. Mas nuestra gastronomía no era importante. No, eso que nuestras almas cultivaban todos los días no era lo esencial. Tampoco es que estuviéramos complacidos de que estos irreverentes vinieran a interrumpir nuestras vidas. Nosotros, mujeres, hombres, chamanes: humanos en fin. Es difícil encontrar en español palabras que demuestren nuestra variedad humana. La mera dualidad es insuficiente, como pasa con todo.
No es que lo más atroz haya sido derramar nuestra sangre a troche y moche. No es que echarnos de casa haya sido tampoco lo peor. Esos son pecados más o menos habituales. No, ellos cometieron un pecado aún mayor. Nos robaron las palabras. Nos robaron la belleza.
Por suerte no del todo lo lograron. Seguimos creciendo, naciendo, amando y muriendo en una línea al margen de la historia. En una linea delgada, olvidada y renegada. Lejos de los diarios y del noticiero.
Nuestros hijos muchas veces olvidaron su historia. Creo que eso fue lo que nos condenó a este eterno presente.
Una señora elegante ve a alguno de mi estirpe pasear por las mismas calles donde habitan sus hijos también, y se siente segura y afortunada de que sus hijos son más bellos que los míos. Y más alivio siente al pensar que nuestra fealdad alejará a los suyos de los míos, y así será difícil que nos mezclemos. Pero, señora, usted se equivoca. Sí, debo decir que nos han robado la belleza que se ve desde los ojos ajenos. Evidentemente el negro azabache de nuestros cabellos, nuestros rasgados ojos y nuestros cuerpos tan distintos del suyo nunca aparecerán más que en el jingle de una campaña política que pretende ser bondadosa con todos. Sin embargo, debo decir que por más que usted nos pisotee todos los días de los últimos quinientos años, por más que hayamos olvidado nuestra historia, nuestra lengua y nos encontremos habitando ahora mismo en un extraño planeta, no por ello dejamos de amar. No por ello dejamos de dar a luz. Quizás nuestro cabello esté opaco, nuestra piel envejece rápido. Pero eso no es importante para el niño que bebe la leche de los senos de su madre. De todos modos amará.
Muchos sucumben a la mirada ajena. No somos más que nuestra propia humanidad, por lo que deberíamos vivir sin tantos remordimientos por ello. Esa mirada ajena, no sólo nos robó todo, sino que nos tachó de feos.
Hoy un hombre, un muchacho, una niña y una vieja llegaron a la ciudad. Es difícil para ustedes habitarla. Para nosotros, una odisea. Para nosotros es como un montón de cemento y ruido que subestima nuestra humanidad. Algunos de mis hijos lograron adaptarse. Muchos a un precio muy alto, muchos mueren en el mal camino. Incluso, cuando nos adaptamos, también están ahí para burlarse de nuestros logros.
Nada ha cambiado."
Arribaron aquellos extraterrestres. Su inaudito lenguaje colmó nuestras fronteras, mientras los niños seguían naciendo. Como quien se pavonea de su condición, uno a uno nos demostraron que en verdad creían que no teníamos nada propio para darles. Les dábamos nuestro alimento, pero en él no veían más que vegetales, carnes y granos que llamaban su atención. Vegetales, carnes, granos que querían hacer suyos. Mas nuestra gastronomía no era importante. No, eso que nuestras almas cultivaban todos los días no era lo esencial. Tampoco es que estuviéramos complacidos de que estos irreverentes vinieran a interrumpir nuestras vidas. Nosotros, mujeres, hombres, chamanes: humanos en fin. Es difícil encontrar en español palabras que demuestren nuestra variedad humana. La mera dualidad es insuficiente, como pasa con todo.
No es que lo más atroz haya sido derramar nuestra sangre a troche y moche. No es que echarnos de casa haya sido tampoco lo peor. Esos son pecados más o menos habituales. No, ellos cometieron un pecado aún mayor. Nos robaron las palabras. Nos robaron la belleza.
Por suerte no del todo lo lograron. Seguimos creciendo, naciendo, amando y muriendo en una línea al margen de la historia. En una linea delgada, olvidada y renegada. Lejos de los diarios y del noticiero.
Nuestros hijos muchas veces olvidaron su historia. Creo que eso fue lo que nos condenó a este eterno presente.
Una señora elegante ve a alguno de mi estirpe pasear por las mismas calles donde habitan sus hijos también, y se siente segura y afortunada de que sus hijos son más bellos que los míos. Y más alivio siente al pensar que nuestra fealdad alejará a los suyos de los míos, y así será difícil que nos mezclemos. Pero, señora, usted se equivoca. Sí, debo decir que nos han robado la belleza que se ve desde los ojos ajenos. Evidentemente el negro azabache de nuestros cabellos, nuestros rasgados ojos y nuestros cuerpos tan distintos del suyo nunca aparecerán más que en el jingle de una campaña política que pretende ser bondadosa con todos. Sin embargo, debo decir que por más que usted nos pisotee todos los días de los últimos quinientos años, por más que hayamos olvidado nuestra historia, nuestra lengua y nos encontremos habitando ahora mismo en un extraño planeta, no por ello dejamos de amar. No por ello dejamos de dar a luz. Quizás nuestro cabello esté opaco, nuestra piel envejece rápido. Pero eso no es importante para el niño que bebe la leche de los senos de su madre. De todos modos amará.
Muchos sucumben a la mirada ajena. No somos más que nuestra propia humanidad, por lo que deberíamos vivir sin tantos remordimientos por ello. Esa mirada ajena, no sólo nos robó todo, sino que nos tachó de feos.
Hoy un hombre, un muchacho, una niña y una vieja llegaron a la ciudad. Es difícil para ustedes habitarla. Para nosotros, una odisea. Para nosotros es como un montón de cemento y ruido que subestima nuestra humanidad. Algunos de mis hijos lograron adaptarse. Muchos a un precio muy alto, muchos mueren en el mal camino. Incluso, cuando nos adaptamos, también están ahí para burlarse de nuestros logros.
Nada ha cambiado."