domingo, 22 de marzo de 2015

SUBLIME

El deseo del saber.
Lo sublime de sumergirse en el firmamento,
de sentirse una ínfima parte de todo lo que es.
Lo siniestro que encadena los desenlaces bulímicos.
El acento de lo siniestro es cada vez más asediante.
Pesadillas.
Vómitos.
Incorporaciones.
Hambrunas de meses.
Vómitos y más vómitos.
Saber lo escrito al final de la página.
Adelantarlas.
Desear el fin.
Calcular esa distancia de entre-pies.
Quedarse con los zapatos.
Hacer una cosmología.
Destruirla.
Fundar un panteísmo neurótico.
Destruirlo.
Quedar escéptico y paranoico.
Quedarse.
Quedar-ser.
Ser.
Ir-ser.
Venir-ser.
Volver-ser.
Volver a ser.
Ser vaciado y ser llenado, intermitentemente.
¿Habrá otro desenlace para esta tragedia, aparte de los tres mil quinientos sueños que nominaron la muerte?

sábado, 21 de marzo de 2015

PERIPLO

La abarrotada disposición promueve continuos golpes aquí y allá.
Moretones.
Lo morado de la piel se asemeja a todo ese periplo de objetos que caen y quedan suspendidos.
La extensión de los miembros resulta o una odisea o un cálculo infinitesimal del ajuste de los contornos corporales a una geografía irregular.
La prisión de esos objetos suspendidos, huérfanos.
Caen más bajo con cada golpe no calculado.
Y en el piso, el periplo de texturas a los pies.
Los zapatos quedaron olvidados bajo una manta
o bajo los restos del almuerzo.
La sedimentación nos obliga a calzarnos y a estar descalzos,
pues nuestros zapatos, devorados, forman parte ya de ese complejo paisaje.
Dormitar en tal lecho (pues es imposible dormir en sentido estricto)
nos acerca a una fusión necesaria con la tierra,
con toda esa naturaleza salvaje que ha roto las baldosas del piso,
que extiende su maraña de ramas, aromas, seres y musgo
a lo largo y a lo ancho de todo lo que había quedado suspendido.
Lo digiere ávidamente ante nuestra mirada incrédula.
Espera la cesura de nuestro andar para devorarnos.
Es ajena al tiempo, no le importa esperar.
Sin embargo los humanos se esfuerzan por construir casas para sus propios cadáveres,
negándose a la antropofagia de la hambrienta tierra.
Levantaron lugares donde el cemento es un gran condón,
por el que resbalan la lluvia, los excrementos y el sol.
Y el periplo citadino arroja sobre ellos golpes diversos.
Golpes de calor, de fríos y de lluvias.
Abrazarse a su periplo, morir en sus manos.
Una necedad infranqueable.
Quizás, necesaria.

BAROQUE

Los abultados brazos gesticulan un compás seguro,
los dedos, ecolalia de cada tecla, de cada titubeo.
El tímido o el imponente vuelo de un pájaro,
la elegancia de una reina o de un pordiosero,
de un miserable clamando piedad.
Camaleonismo de rutina, posesión articular.
Las junturas frágiles de la rótula
crujen al compás del dolor.
Uno, dos, tres, cuatro.
Uno, dos, tres.
Uno, dos.
Sibilean los gemidos,
la mirada huidiza,
la acuciante desesperación
y la plena gracia.
El poseso toma prestado lo sublime
y lo grotesco.
Las pesadas piernas se esfuerzan
para ser la altura de aquel puente,
de aquel rosedal.
Las marcas de la piel
como testigos de la tragedia.
¿Acaso la interpretación provee al ser?
¿Acaso el arrojo de lo dicho conduce hacia la senda de Dioniso?