Sin dudas, mi primera impresión fue una carcajada. Nunca hubiera creído que iba a terminar en la ruina. No sé si habrá sido ese color tan blanco, tan impresionante. O el pelo negro que cortaba la nieve. O esos enormes ojos marrones, coronados de esas pestañas interminables. O su figura alargada y su estatura. O su dulce e ingenua virginidad. Soñaba con desvirgarlo.
Me impresionó la formalidad y el recato. Yo creía que era todo una actuación y un chamuyo barato. Pero era tal lo que aparentaba. Había algo seductor en su pasividad, en su sonrojo. Desde un primer momento, quería que fuese mío. Sólo mío. Nunca tuve el deseo de poseer a alguien con tanta desesperación. Sin dudas era un muchachito ardiente. Me tenía a su merced, y yo no podía ocultarlo. Quería llevármelo, guardarlo en una cajita y jugar con él cuando me apeteciera. Quería vestirlo, bañarlo, perfumarlo y alimentarlo. Miraba su ropa muy vieja y muy gastada y soñaba con regalarle una camisa nueva, con verlo calzarse esos pantalones tan sensuales que vi en una vidriera. Casi no lo veía, pero me tenía todo el día embriagada de su perfume.
Era tan hábil para decirme que sí y que no al mismo tiempo.
En cierta medida, estaba un poco resignada frente a tanta mojigatez. Pero, desafortunadamente, la sed de corromperlo aumentaba mi deseo.
Recuerdo el día en que disimuladamente se fue acercando a mi cama, distrayéndome en una conversación trivial (como si no me estuviera dando cuenta de lo que hacía) hasta que en algún momento se sentó sobre el acolchado, ríendo tímidamente. Yo creí estar alucinando. Él era como una delicatessen. Su frescura era insuperable, su belleza era un regalo del cielo; y estaba allí, sobre mi cama, esperando por mí. Sentí que tenía piedra libre. Su piel tersa se estremecía con la más mínima caricia, con el roce de unos labios, de una lengua. Sus gemidos eran como una oda que incitaba mis perversiones más ocultas. Era tan receptivo, tan sensual y me volvía loca pensar que mis dedos y mi boca eran el motivo de su cuerpo estremeciéndose. Tanto, que cerró sus ojos, como si lo intimidara el contacto visual. Quería explorar los rincones más indómitos de su placer. Besé cada rincón de esa piel ardiente, blanca. Sentía el deseo de atarlo y someterlo, pero sentí que sería demasiado para su primera vez. De todos modos, planeaba surcar el terreno para someterlo a todas mis perversiones. Sus orgasmos fueron como un agradecimiento delicioso. Gloriosos espasmos.
Duró muy poco todo ese rosado paraíso. Me dejó con toda esa ansiedad por que fuera mío. Yo creía que era amor. Muchos dirán que no lo es. Pero yo digo que sí. El amor no tiene por qué ser algo suave, dulce y lindo. El amor puede ser hostil, duro, posesivo y negro como las llamas del infierno. Y cualquier pendejo mojigato puede llevarte a la perdición, sin que ni siquiera lo notes.
Por suerte, como todo buen conejo sabio, oliste el peligro y huiste. Hoy puedo decir que me agrada que haya sido así. Corre, conejito, corre.
domingo, 15 de febrero de 2015
lunes, 9 de febrero de 2015
MAXIMILIANO
Despertar llena de una vieja ansiedad. Caer en la cuenta de que nunca antes tuve la certeza (o tal vez la tuve y la olvidé) de que esta intensidad era única e irrepetible. Y quizás las otras ansiedades eran una tonta copia de ésta que nació en una jovencita de doce años. No me atrevo a aseverar que se trataba de una niña, pues todo parece indicar que entonces ya era más mujer que nunca antes en su vida. No sabría si decir que ya lo dije o no, pero esas pecas de un rojizo café fueron un molde primigenio de mis antojos estéticos posteriores. Aunque tardío para mis pasiones pasadas, ésta difería de las demás porque excluía el olvido. En realidad, sentía que después de un flechazo tan extremo nunca iba a poder volver. Catorce años después sigo confirmando esta intuición. Porque, o sea, ¿cómo se explica que me levante en medio de la noche sintiendo que todo se remonta a esa maraña de pelo lacio enredado envuelta en pecas? ¿cómo se explica que esa mirada café intenso haya sido una constante fuente de inspiraciones durante los últimos catorce años? ¿cómo se explica que todos mis amores sean una copia barata de tu mirada? Descifrar las historias de esa forma de mirar el vacío de la ventana... un anhelo por escuchar sus penas, por sostenerlo entre mis brazos y besarle el alma. Nunca más volví a sentir una mirada tan intensa, tan cargada de pasiones mudas. Muchas veces en el pasado había sentido que el resto de los amores habían sido una copia barata de lo que sentí siempre por este muchacho ya hombre. Pienso en el juicio y la condena de la gente frente a un apego tan extremo hacia alguien que se ha marchado al otro extremo del océano para amar e intentar soportar el amor. A veces siento que es un espejo mismo de todas mis pasiones tempranas. Es decir, de alguna manera sentía que éramos cercanos en el sentido de soportar quemaduras prematuras en nuestras almas. Siempre sigo añorando sostener tu mano. Pero no te necesito para caminar. He caminado todos estos años y tu mirada fue el horizonte que separa todo lo conocido de lo desconocido. Yo ya sabía que eras un artista. Siempre lo supe. No hay otra forma de explicar esos ojos. Y esos ojos al menos sabían decir que tu alma nunca iba a quedarse quieta y adormilada. Tu pasión quema muy fuerte dentro tuyo. Me consta que este no será el último viaje, ni la última aventura ni los últimos párrafos que escribas.
Te siento tan lejos y tan cerca. Tan presente y tan fantasmático. Creo que en ello reside tu influjo tan poderoso. En ser un fantasma.
Te siento tan lejos y tan cerca. Tan presente y tan fantasmático. Creo que en ello reside tu influjo tan poderoso. En ser un fantasma.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)