domingo, 15 de febrero de 2015

CORRE, CONEJITO, CORRE

Sin dudas, mi primera impresión fue una carcajada. Nunca hubiera creído que iba a terminar en la ruina. No sé si habrá sido ese color tan blanco, tan impresionante. O el pelo negro que cortaba la nieve. O esos enormes ojos marrones, coronados de esas pestañas interminables. O su figura alargada y su estatura. O su dulce e ingenua virginidad. Soñaba con desvirgarlo.
Me impresionó la formalidad y el recato. Yo creía que era todo una actuación y un chamuyo barato. Pero era tal lo que aparentaba. Había algo seductor en su pasividad, en su sonrojo. Desde un primer momento, quería que fuese mío. Sólo mío. Nunca tuve el deseo de poseer a alguien con tanta desesperación. Sin dudas era un muchachito ardiente. Me tenía a su merced, y yo no podía ocultarlo. Quería llevármelo, guardarlo en una cajita y jugar con él cuando me apeteciera. Quería vestirlo, bañarlo, perfumarlo y alimentarlo. Miraba su ropa muy vieja y muy gastada y soñaba con regalarle una camisa nueva, con verlo calzarse esos pantalones tan sensuales que vi en una vidriera. Casi no lo veía, pero me tenía todo el día embriagada de su perfume.
Era tan hábil para decirme que sí y que no al mismo tiempo.
En cierta medida, estaba un poco resignada frente a tanta mojigatez. Pero, desafortunadamente, la sed de corromperlo aumentaba mi deseo.
Recuerdo el día en que disimuladamente se fue acercando a mi cama, distrayéndome en una conversación trivial (como si no me estuviera dando cuenta de lo que hacía) hasta que en algún momento se sentó sobre el acolchado, ríendo tímidamente. Yo creí estar alucinando. Él era como una delicatessen. Su frescura era insuperable, su belleza era un regalo del cielo; y estaba allí, sobre mi cama, esperando por mí. Sentí que tenía piedra libre. Su piel tersa se estremecía con la más mínima caricia, con el roce de unos labios, de una lengua. Sus gemidos eran como una oda que incitaba mis perversiones más ocultas. Era tan receptivo, tan sensual y me volvía loca pensar que mis dedos y mi boca eran el motivo de su cuerpo estremeciéndose. Tanto, que cerró sus ojos, como si lo intimidara el contacto visual. Quería explorar los rincones más indómitos de su placer. Besé cada rincón de esa piel ardiente, blanca. Sentía el deseo de atarlo y someterlo, pero sentí que sería demasiado para su primera vez. De todos modos, planeaba surcar el terreno para someterlo a todas mis perversiones. Sus orgasmos fueron como un agradecimiento delicioso. Gloriosos espasmos.
Duró muy poco todo ese rosado paraíso. Me dejó con toda esa ansiedad por que fuera mío. Yo creía que era amor. Muchos dirán que no lo es. Pero yo digo que sí. El amor no tiene por qué ser algo suave, dulce y lindo. El amor puede ser hostil, duro, posesivo y negro como las llamas del infierno. Y cualquier pendejo mojigato puede llevarte a la perdición, sin que ni siquiera lo notes.
Por suerte, como todo buen conejo sabio, oliste el peligro y huiste. Hoy puedo decir que me agrada que haya sido así. Corre, conejito, corre.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario