lunes, 3 de marzo de 2014

ELOGIO I

La eterna danza a veintitrés grados y medio,
a mis ojos, a los tuyos.

La efímera mueca en un grano de arena,
a los ojos de la gran madre.

Ella todo lo guarda entre sus brazos,
incluso en nuestro fin
seguiremos estando allí,
desparramados en su lecho de vida.

Puedes matarme, lo sé,
cuando quieras.

La vida me la has entregado
entre los sensuales movimientos de tu vientre,
acompasados por la música 
de las esferas coloridas.

En tu plenitud las inteligencias no bastan.
Eres el misterio.
Es tu ἄγγελος el agua,
omnipresente, poderosa, 
la más cercana.

En tu plenitud el λὸγος 
es un niño tartamudo,
perdido entre espejismos
y fallidos tropos.

Decido cantarte
en mi ambición de ser vivo
y en mi lecho de muerte,
porque me desgarro
cada minuto,
porque este viaje
es dulce, amargo
y terrible.

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