A mis eruditos sin nombre:
saturados de clichés del decir,
forman una larga fila, (a veces también rondas),
del mérito y la vanidad.
Se invisten de tolerancia por quien es distinto,
aunque, comprobamos, su actitud
es la un dogmático militante.
No cabe en sus expectativas más que
la más chata y gris realidad.
La radicalidad de un más allá ingobernable
no existe en su diccionario,
y creen que sus categorizaciones difusas
los desembarazan de perplejidad.
Profieren oraciones en las que despliegan
citas de autoridad sin fundamento,
escuelas inexistentes,
familiaridades muy cuestionables,
genealogías sin contexto, atadas con alambre.
Los cargos y méritos sociales los hacen sentir
importantes, imprescindibles, sabios.
Lo cierto es que todos los días cagan
y cometen estupideces,
como casi cualquier mortal.
Su transmisión (si es que es legítimo así llamarla)
se reduce a una mistificación de supuestos saberes
que se supone que han sido logrados
mediante hazañas de la lectura, la escritura y el genio.
Son demostrados a través del lenguaje más oscuro
jamás imaginado.
¿No lo entendiste?
Seguro no leíste. Seguro sos un tonto.
Y, si osáramos reproducirlo,
nos costaría un bochazo en marzo.
Sin embargo es cierto,
tal como lo dijo el platonista más brillante
y más humilde que conocí,
que en verdad viven en un Olimpo de claustro,
donde, al dar el portazo,
son unos pobres diablos más del montón
y tal escalafón
se derrumba a sus pies.
Sin embargo es cierto que fuera de casa nadie los conoce,
ni siquiera por su semblante agradable.
Sus caras largas deberían haber sido una advertencia.
Su tono de voz pedante, también.
Mas ellos, convencidos de clarividencia,
señalan, juzgan, condenan.
Nunca me enseñaron a cultivar mis preguntas.
Raramente los recuerde.
No es que yo sea la más brillante,
pero me doy cuenta, hoy más que nunca,
pese a cierta resonancia socrática,
que la sabiduría comienza
allí donde puedo ver mi ignorancia.
Gracias por enseñarme todo aquello que jamás quiero ser.
saturados de clichés del decir,
forman una larga fila, (a veces también rondas),
del mérito y la vanidad.
Se invisten de tolerancia por quien es distinto,
aunque, comprobamos, su actitud
es la un dogmático militante.
No cabe en sus expectativas más que
la más chata y gris realidad.
La radicalidad de un más allá ingobernable
no existe en su diccionario,
y creen que sus categorizaciones difusas
los desembarazan de perplejidad.
Profieren oraciones en las que despliegan
citas de autoridad sin fundamento,
escuelas inexistentes,
familiaridades muy cuestionables,
genealogías sin contexto, atadas con alambre.
Los cargos y méritos sociales los hacen sentir
importantes, imprescindibles, sabios.
Lo cierto es que todos los días cagan
y cometen estupideces,
como casi cualquier mortal.
Su transmisión (si es que es legítimo así llamarla)
se reduce a una mistificación de supuestos saberes
que se supone que han sido logrados
mediante hazañas de la lectura, la escritura y el genio.
Son demostrados a través del lenguaje más oscuro
jamás imaginado.
¿No lo entendiste?
Seguro no leíste. Seguro sos un tonto.
Y, si osáramos reproducirlo,
nos costaría un bochazo en marzo.
Sin embargo es cierto,
tal como lo dijo el platonista más brillante
y más humilde que conocí,
que en verdad viven en un Olimpo de claustro,
donde, al dar el portazo,
son unos pobres diablos más del montón
y tal escalafón
se derrumba a sus pies.
Sin embargo es cierto que fuera de casa nadie los conoce,
ni siquiera por su semblante agradable.
Sus caras largas deberían haber sido una advertencia.
Su tono de voz pedante, también.
Mas ellos, convencidos de clarividencia,
señalan, juzgan, condenan.
Nunca me enseñaron a cultivar mis preguntas.
Raramente los recuerde.
No es que yo sea la más brillante,
pero me doy cuenta, hoy más que nunca,
pese a cierta resonancia socrática,
que la sabiduría comienza
allí donde puedo ver mi ignorancia.
Gracias por enseñarme todo aquello que jamás quiero ser.
Implacable sentencia final. Me encantó Caro.
ResponderBorrar:P La vida misma. Y con un pequeño homenaje escondido.
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