viernes, 18 de julio de 2014

DECIR NO

Él toca la puerta,
ella se asoma.
Altanera y terca,
corre la cara,
tensa los brazos,
aprieta los muslos.
Él se acerca sediento,
roza sus debilidades.
Se resiste, retrocede.
No para de contarle
trivialidades absurdas,
excusas burdas.
El sudor del viaje,
ella lo había sentido:
en su cuello,
desprendiéndose de toda su piel.
La embriagaba, la confundía.
Se sentía mareada.
Ella emanaba ese perfume,
el mismo que usa hace años.
Lo enloquecía
esa fragancia mezclada
con la de su piel.
Estaban jugados,
todos sabían eso.
Pero, así y todo,
ella ignoraba,
él también.
Sus jugadas,
tan lanzadas,
tan justas.
Sin embargo,
tenía que fingir
cierta frivolidad,
tomar cierta distancia,
juguetear con algo
en su boca.
Tensar un hilo entre
sus miradas,
luchar para ver quien cae primero.
Inmersos en ese aura,
se violentan,
apartan una silla,
rompen un vaso.
Fingía pelar una cebolla
y lagrimeaba,
para no ponerse en evidencia,
para no mostrarle
su mueca de placer.
El calor es insoportable,
Se arrinconan,
se devoran.
Se arrancan la piel.
Sudan, sudan, sudan.
Ese sudor irresistible,
pero mortal.

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