viernes, 12 de septiembre de 2014

GENEALOGÍA

Quisiera dormir, pero no duermo.
Quisiera leer, pero no logro quedarme sentada junto al libro.
Camino por el cuarto, siento los ruidos de la tarde,
del ocaso, de la noche.
Mil quinientas hipótesis trascurrieron desde que decidí descansar y liberarme;
sin embargo sigo esclava, rumiando palabras.
Quizás enloquezca un día de estos
y salga bailando desnuda por la puerta.
Quizás, por mí misma, comience a ver distinto
y pueda moldearme los sesos para resignarme.
Quizás, por mí misma, me resigne a perder para poder ganar.
Quizás, por mí misma, me resigne simplemente a perder.
O ni siquiera eso. Tal vez nunca haya tenido nada,
sólo lo que mis envidias han podido rasguñar.
Quizás me lamente por siempre ser esclava
de una genealogía perversa,
sin poder cortar estas cadenas.
Intento torcerlo, es mi más temprana ambición,
torcer este destino trágico
de mujeres golpeadas,
niños que lloran, sucios,
sintiendo el desprecio y el rechazo.
Hombres ebrios, vagabundos, locos.
Pero mi ambición es grande. Y por grande, tal vez fracase.
No sólo quiero romper mis cadenas,
sino romperlas y que alguien se dé cuenta
lo difícil que es romper una maldición
sin volverse del todo loco.
Y que ese alguien me abrace.
Pero últimamente mendigo mucho,
tolero poco,
odio demasiado.
Y no sé si en este odiar, puedo realmente cortar mis cadenas
sin enchufárselas a otro ser miserable.
Dormir, elaborar, producir, actuar.
Es tedioso, es doloroso.
Y, últimamente, es solitario.
Es solitario el ocaso, y el sábado.
Es solitario condenarse a sí mismo
a un amor de novela,
a un extraño del que conocemos el teléfono, el semen, los besos.
Y ni siquiera cierra los ojos.

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