El muchacho no era él.
Yo era el muchacho.
Me lo comí y después lo parí.
Y también lo vomité.
El muchacho se fue y yo me había ido con él.
¿Adónde?
A la mismísima tierra perdida.
No hay tiempo, ni espacio, ni muerte.
Los fantasmas gustan de merodear por allí.
De repente, muerta, era el muchacho.
Y lo amaba.
Sus ojos sostenían las esferas del cielo.
Cuando lo amaba, podía morir.
Y como me moría, también vivía.
Entonces podía comer.
Y cuando no lo podía amar, vomitaba.
Y cuando me amó él a mí no podía comer.
Cuando me amó, yo ya no me amaba.
Y temía perder su amor.
Entonces me lo tragué, sin hambre, con miedo.
Lo maté sin darme cuenta.
Caí en la cuenta muy tarde.
Cuando lo maté me morí.
Me volví fantasma y merodeé mi propia vida.
Y cuando comía lo volvía a amar.
Pero muerto estaba, y ya no amaba a nadie.
Me miré al espejo: era el muchacho de mis sueños,
Yo era el muchacho.
Me lo comí y después lo parí.
Y también lo vomité.
El muchacho se fue y yo me había ido con él.
¿Adónde?
A la mismísima tierra perdida.
No hay tiempo, ni espacio, ni muerte.
Los fantasmas gustan de merodear por allí.
De repente, muerta, era el muchacho.
Y lo amaba.
Sus ojos sostenían las esferas del cielo.
Cuando lo amaba, podía morir.
Y como me moría, también vivía.
Entonces podía comer.
Y cuando no lo podía amar, vomitaba.
Y cuando me amó él a mí no podía comer.
Cuando me amó, yo ya no me amaba.
Y temía perder su amor.
Entonces me lo tragué, sin hambre, con miedo.
Lo maté sin darme cuenta.
Caí en la cuenta muy tarde.
Cuando lo maté me morí.
Me volví fantasma y merodeé mi propia vida.
Y cuando comía lo volvía a amar.
Pero muerto estaba, y ya no amaba a nadie.
Me miré al espejo: era el muchacho de mis sueños,
No hay comentarios.:
Publicar un comentario