sábado, 13 de febrero de 2016

KIZUNA


Podríamos ser como hojas suspendidas en el viento. Hojas pequeñitas, errantes, casi sin rostro, casi idénticas. Una brisa nos acerca, nos besamos y, en el cruce, nos desviamos en remolino.
Una hoja saluda a la que se va y se guarda una sonrisa: la dobla, la pone en una cajita y remonta su vuelo.
¿Qué secretos guarda tal maraña de desprendido follaje? Sólo se sabe que nacen de la luz y van a morir a la tierra. Pero antes, todas deben bailar una danza improvisada, casual.
Sale el sol, las lunas se llenan y se vacían. Las estaciones fluyen, las eras se cierran en un abrazo de todos los seres. Y las hojas no dejan de caer. Unidas por la brisa, toman sus manos, se miran a los ojos y sienten que la violencia que las soltó de su rama fue una casualidad bella.
¿De qué gran árbol mana la danza eterna de las hojas al viento?

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