martes, 29 de marzo de 2016

METONIMIA

Padezco de amor metonímico. Sí, aunque pueda resultar demasiado obvio o demasiado absurdo: padezco de amor metonímico. Todo un día comenzó por una oreja. Luego, siguió por pestañas. Las pestañas brumaron y pintaron de colores el cielo. Más tarde, del cielo llovió y la lluvia mojó unas hojitas. Las hojitas volaron, mi amor voló por los aires. Quedó suspendido, se perdió. Las hojitas reposaron en el suelo. El suelo se las comió. Del cielo brotó la lluvia y del suelo brotaron árboles. Y uno de esos árboles, fue a parar a cierto jardín. En el jardín correteaban los niños, los niños eran correteados por las hojas, la lluvia y el viento. Terminaban empapados, embarrados, en el suelo. Alguien estornudó y corrió debajo del árbol, lo trepó y miró el firmamento. Allí besó a alguien más y le devolvió entre pestañas un pedacito de mar, que traía de sus vacaciones envueltas en celofán. Sacó un chocolate y lo partió. Rompieron las olas, y se marchó tal vez demasiado tarde, tal vez demasiado pronto. A veces se arrepentía. Pero como padezco de amor metonímico, ese amor volvería a aparecer en la tapa de un yogurt o tal vez en la melodía de una canción. Ayer vino un oso a mi puerta y me recordó unos ojos rasgados, aunque de oso no tuviera más que los trazos mágicos. Se sentó y le ofrecí un café tan negro que dudé de su potabilidad; aspiré hondo y le canté mis cuentos. Se marcho en un avión de papel, murió a la vuelta de la esquina. Pero como padezco de amor metonímico miré al suelo que se había comido las hojas y brotó un colibrí. Me revoloteó por tres segundos y desapareció. Pero no importa, porque padezco de amor metonímico. Entonces, una muchacha se sienta en un banco junto a mí. Y tiene las pestañas largas. Y tiene los cachetes rosados de niños y de besos. Me caí en su vestido, embriagada, olí su sexo y me fui a hacer las compras. Porque seguramente mi amor metonímico no me iba a dejar quedarme mucho tiempo ahí. Huí antes de tiempo, pero igual aparecieron unos ojos de estanque frente a mí, una fuente de los deseos y un millón de chocolates con barro. Se fundieron en el paisaje de una ciudad pordiosera, mal vestida, mal aseada. Se asquearon de mi hipocresía. En realidad no estaba buscando a nadie, excepto al primero. Porque mi amor es metonímico, es obsesivo, es sempiterno.

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