jueves, 2 de junio de 2016

SENDEROS

En cada charco que salto,
en cada gota salpicada
desde el cielo gris,
encuentro tus pupilas.
Me sonríen y sonrío
al encuentro de una caricia,
entre una pila de cartones viejos,
entre las nubes fugaces
del hollín del tráfico.
Tus aromas me llegan
con el viento de junio.
Los guardo en ese lugar
que queda entre mis cortinas
y las sábanas del domingo.
No quise despintarme las uñas
por miedo a que tu piel
se vaya con el esmalte.
No quise cambiar de canción,
ni de ropa.
Sin embargo siento
que necesito cruzar el continente,
mojarme los pies en otro océano,
para sentirte más cerca.
Siento que quiero encontrarte
escondido en un tulipán en Holanda,
dormido entre las luces
de la aurora boreal.
Descubrir tu risa entre las ruinas
de alguna ciudad famosa,
en el chirrido
de una bicicleta oxidada.
Cuando una lluvia me moje las pestañas
podré descubrir tu llanto y tu pena,
el sol me traerá el color
de tu piel desnuda,
de tu cabello al ocaso.
Y cuando llegue a la cima
de esa montaña,
entonces contemplaré la grandeza,
la plenitud
de desplegar las alas y
cantarle al mundo
todas las canciones de amor
que mis sueños te escriben
todas las noches.

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