Las vísceras hablan, sí.
Así como la piel, los huesos
y los espasmos nerviosos.
El tiempo me ha mostrado la verdad
en una inhibición sin sentido
o en un dolor de estómago.
Me ha dado imágenes en sueños,
intuiciones primeras,
la advertencia de esos rostros
de semblante cautivante.
La epidermis húmeda,
la mirada huidiza,
el más mínimo temblor de la voz.
Cada palabra,
cada gesto.
Todo es un indicio.
Todo se encadena.
Hay mil encadenamientos posibles
y todos los veo al instante.
Todo se arma, se desarma,
se disemina, se reconstruye,
se desmiente y se fundamenta.
Pero unos ojos son decisivos cuando se trata de saber la verdad.
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