martes, 20 de agosto de 2013

EMBRIAGUEZ

Esa fragancia,
la tuya,
que me llega
con el viento,
que se queda
sobre mi sweater,
me alcanza
cuando pienso
descubrirte
de noche, de día
tal vez una tarde nublada,
quizás,
un poco de lluvia
nos sirva
de condimento.
Dame un poco
de frazada,
algo blandito y cálido
y también,
por qué no,
un frío que se cuele
por la ventana
para secar
el sudor.
Los dedos fríos
o resbalosos
o tímidos
junto al desliz
de las prendas,
sancoche de texturas.
Apenas uno solo
de tus rizos
es suficiente para
embriagarme.
Me estremezco
entre el temblor
y el éxtasis,
muero del hambre
de recortarte con caricias,
de volver a armarte
con la mirada.
Recrear tus caprichos
a través de los míos,
saboteando el reloj,
olvidando el deber ser,
recreando figuras
y sueños
hechos de sangre,
de deseo,
siendo una oreja,
un ombligo,
o un dedo del pie,
el descanso ideal
para cada viaje.
Acabar no es aquí
la brújula.
Anhelamos perpetuarnos
siendo en acto,
en la consagración
de nuestros bordes,
en la sumisión a los antojos.
Bañame de dulce
o de amargo
o de dolor.
¿Por qué no,
de repente,
nos caemos al piso
y arrancamos esa cortina,
tan nueva,
tan bonita y
bien planchada?





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