Regresar
cada noche
con ese compinche,
el cansancio.
Palpar los bolsillos,
abrir la alacena,
sacar una ollita,
cargarla de agua.
Polenta hoy,
como ayer y como mañana
también.
No hay salsa,
no hay queso.
No hay monedas
ni para cebolla.
El polvoriento uniforme
sobre la silla,
luego al piso,
finalmente:
al fuentón.
Las manchas de grasa,
de sudor,
insisten: se quieren
quedar.
Un mate amargo
se volvió
mi mejor amigo.
Esa biblioteca,
mi refugio.
Esa bicicleta,
mi nave espacial.
Papel de desecho
cultivaba mis sueños.
Todavía podía calzarme
y pararme
y andar
porque había polenta,
porque nada me faltaba.
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