martes, 29 de octubre de 2013

CALIDEZ DE HOGAR

Tal vez era porque la primavera. Tal vez era porque el otoño y el viento y sus cabellos centelleantes.
En fin, la cuestión es que era y que fue en algún tiempo, en algún lugar.
Embrujo certero de sus comisuras, y de su entrecejo ancho, a medio fruncir.
El aroma cercano a su nuca: el mejor sedante para conciliar el sueño.
Fue su piel en verano.
Fui feliz, aunque sabía que todo lo suyo era efímero.
Fui desgraciada también. Por suerte. Traté de guardarme sus besos en una cajita.
Pero fue inútil.
Un día todo murió. Y fue triste, sí.
No sé si extrañaba el amor que nunca tuve de él, o si extrañaba el modo en que su cercanía se había vuelto mi hogar. Quien nunca sintió el exilio, quizás no lo comprenda.
Sus comisuras, su aroma, su "todos los días", la comida caliente,sus llamados,lo despeinado, y su torpeza se habían vuelto mi hogar.
Él no lo sabía. Y tal vez hoy no lo sabe.
Tal vez hoy lo miro, hoy hablamos, y su alma se siente tan fría.
Y si, todos decían que era frío.
Pero yo lo sentí cálido esa vez.

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