Abro la puerta. Subo la escalera.
El cielo, entonces me calmo.
Bajo, regreso a mi lecho.
Impasible otra vez.
Alejate unos pasos, por favor.
No me andes buscando
porque yo te busco todos los días
en mi taza del desayuno
y en las grietas de las baldosas.
Y, creeme, te encuentro.
Estás ahí como si nada,
como si no me estuvieras invadiendo,
como si no dejara que me inundes
cada pequeño intersticio entre lo que soy
y lo que no.
De repente quiero cambiar esta interfaz
tan fetichista que tengo con las cosas,
desnudarme un poco
o del todo
y mirarme
y sentir que hay una belleza oculta y nueva para mí
que no aguarda
pero que puedo disfrutar hoy.
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