sábado, 29 de noviembre de 2014

CARMESÍ

Aún evocan estos sueños
el carmesí reflejo de tu ojos en llamas,
franqueando el sol hiriente
de cada mañana.

Naces y te mezclas entre las sombras
de las páginas;
naces desde mí y desde el cielo
cada vez que me que quedo
dormida.


Eres y eres otro.
Eres sombra y ocaso.
Eres fruta fresca y distancia.

Nacarado tu semblante,
me apoyo en tu nuca y
siento tu perfume.
Guardas el aroma púber,
la fragancia del mes nueve.
Guardas el gesto infame
entre tus pecas;
coloreados los contornos
que captan tu mirada.

Mirada que quisiera conocer.
Mirada que quisiera ver nacer.
Mirada que no es, que imagino.

Entre tus brazos hay una magia
incuestionable, misteriosa.
Se estremece mi mundo
entre tu suéter,
entre los mosaicos
hasta tus pies.
Cultivo tres mil recetas
y treinta mil mañanas
que quiero regalarte.

Tejo cien mil canciones que quiero cantarte,
aunque tartamudeo
y me caigo al piso
si te veo pasar.
Tu princesa escarlata hace el juego
a tu mirada carmesí;
su mano suave, su risa breve
es como poesía para tus encantos,
es el aire del que no puedo
privarte.

Me calzo un vestido, bello,
azul, blanco y gris,
como el color de mi mirada
cuando me besas y te vas.
Vestida así duermo
y sueño contigo y con tus otros;
me endulzo con una canción vieja
y luminosa;
me encandilo
con tu inminente llegada.

Despierto y espero
algún indicio carmesí,
antes que el día muera,
antes que desespere y enloquezca.

Pero callo y aguardo
y tejo mis mantas largas y grandes.
Algunos destellos del ocaso
me recuerdan tus ojos
y entonces, ahí sí,
se me cae una lágrima.

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