Cada mañana veía
revolotear tus demonios.
Daban media vuelta,
se posaban en tu nuca
y llenaban tu leónida
mirada de fuego.
Entonces fuego eras.
La rutina disciplinaria no era lo tuyo.
Padecías sobre ese pupitre,
tanto como yo padecía
que ese día
te hayas sentado
tan lejos de mí.
Eras ardiente,
no entiendo cómo jamás sonó
esa alarma para incendios.
Si hasta un día volé de fiebre,
y leí "La meningitis y su sombra"
sumida en un delirio embriagante.
Eran tus dedos cercanos,
sin dudas.
Mi sonrojo y la calidez del sol
entonaban un acorde lujurioso.
Ese colectivo llegó más rápido de lo que pensé.
Pero siempre llegaba ella.
No era ardiente.
Era un capullo en flor,
aromático,
delicado,
era un colibrí.
Llegaba su sombrero lleno
de rizos negros.
Llegaba y tu ardor ebullía,
lloraba,
danzaba,
invocaba al diablo.
Querías vender tu alma por uno
de esos cabellos.
Era un mundo demasiado frío.
Ella era casi un témpano,
se portaba demasiado bien.
Tu amigo estaba en cana,
ya no tenías adónde ir.
Y ardías de rojo a violeta.
Porque eres un fuego violeta.
Sos tu semblante maníaco,
sos andrógino,
olés a pasto recién cortado.
Desde que fuiste violeta te amé
sin condiciones,
sin promesas.
Pero no pude evitar enloquecer.
Vives lejano,
como una estrella en mi vida.
Cada mañana pienso:
¿qué tan lejos podés estar?
¿Diez mil?
¿Doce mil?
Ya sé: quince mil kilómetros.
Tu andar errante no me deja descansar.
La cuestión es que cada día es más
lejos.
Hay noches en que enloquezco más
de lo habitual.
Entonces me pregunto,
¿podré amar sin enloquecer?
¿podré amar más allá de tu piel blanca?
¿hay un mundo ultravioleta?
¿o hay un mundo infrarrojo?
Fuiste por tu amor.
Terminaste solo, en una pieza,
en una ciudad gris.
Tal vez París era el lugar
adecuado para volver a morir.
O tal vez otra ciudad,
no lo sabés.
Navegante,
astronauta.
Tu gesto errante va más allá
de irte o quedarte en un lugar.
Tu amor es errante.
Decime, ¿vos también coqueteás con la locura?
¿vos también te enfermaste catorce
mil veces?
¿Con cuál de tus musas te veré mañana?
¿Con cuál de tus muertes tendré que lidiar?
Podría irme.
Creí que ya me había ido.
Pero, ¿cómo no me di cuenta?
¡Qué ridículo es creer que podés escapar
de un emperador errante!
Todavía creo que las uvas son
tu manjar divino.
Todavía creo que tu calle
está imbuida de tu magnificencia.
Yo no soy pequeña,
aunque lo he sido.
Es que hay una distancia,
entre tus cejas que se fruncen,
que no puedo soportar.
Es que hay un color rojizo en tus pecas
que me afiebra los brazos.
Es que tengo un sueño recurrente,
donde me desvirgo
con tus ojos.
Es que pienso que te amo en otros,
que tu mirada leónida,
ardiente,
dolida,
de lunes,
de siete y media de la mañana,
de noches sin dormir,
me perfora el pecho
y me deja sangrante a la deriva,
coleccionando barcos.
De todos modos me siento tranquila.
Sé que es cuestión de tiempo.
Porque si hay algo que sé es ser fénix,
si hay algo que sé es retar a la muerte.
Sé que las musas se te marchitan,
y que mi alma es como un licor,
que cada día que pasa
sabe a los mil, dos mil,
tres mil demonios que habitan tu estómago.
Es que tengo un sueño recurrente,
donde me desvirgo
con tus ojos.
Es que pienso que te amo en otros,
que tu mirada leónida,
ardiente,
dolida,
de lunes,
de siete y media de la mañana,
de noches sin dormir,
me perfora el pecho
y me deja sangrante a la deriva,
coleccionando barcos.
De todos modos me siento tranquila.
Sé que es cuestión de tiempo.
Porque si hay algo que sé es ser fénix,
si hay algo que sé es retar a la muerte.
Sé que las musas se te marchitan,
y que mi alma es como un licor,
que cada día que pasa
sabe a los mil, dos mil,
tres mil demonios que habitan tu estómago.
Mereces la muerte, y una que te haga sufrir como sufrí al leer esto.
ResponderBorrar¿Puedo elegir la forma en que quiero que me mates?
BorrarNo, solo atenete al sufrimiento.
BorrarEntonces es la guerra. No me voy a dejar sufrir.
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