miércoles, 25 de mayo de 2016

ELOGIO TERRENAL

I

La eterna danza a veintitrés grados y medio,
a mis ojos, a los tuyos.

La efímera mueca en un grano de arena,
a los ojos de la gran madre.

Ella todo lo guarda entre sus brazos,
incluso en nuestro fin
seguiremos estando allí,
desparramados en su lecho de vida.

Puedes matarme, lo sé,
cuando quieras.

La vida me la has entregado
entre los sensuales movimientos de tu vientre,
acompasados por la música 
de las esferas coloridas.

En tu plenitud las inteligencias no bastan.
Eres el misterio.
Es tu ἄγγελος el agua,
omnipresente, poderosa, 
la más cercana.

En tu plenitud el λὸγος 
es un niño tartamudo,
perdido entre espejismos
y fallidos tropos.

Decido cantarte
en mi ambición de ser vivo
y en mi lecho de muerte,
porque me desgarro
cada minuto,
porque este viaje
es dulce, amargo
y terrible.

II

Agua.
Pura, transparente,

Agua.
Cristalina ya no serás.

¡Oh!; ¡agua!
Musa de la vida.
Omnipresente, poderosa.

Quisiera que me ahogues
cuando corto con navajas
tu pureza desnuda;
cuando te despierto
de tu sueño glaciar.

Quisiera tocarte
y sentirte
destilada de rencor.

¡Oh!; ¡agua!
Musa de la vida.
Omnipresente, poderosa.

III

Que el sol se levante
y haya alguien ahí,
repitiendo con aliento tal gesto,
cosa bizarra.

La ecolalia del lactante,
que enternece e inaugura
la continuidad de una linea.

El encuentro de acentos,
cantos, prosas.
La música siempre allí:
tan evidente y tan oculta.

Juguetea el cántico
del macho con su hembra.
Sibilean los gemidos
de los amantes humanos.

Es la guerra y es el amor.
Curioso que se hermanen
en un verso,
en un himno,
en el papel.

Inauguran el mundo como las musas,
lo que ha sido,
lo que es,
lo que será.

Increíble que estos balbuceos
transmuten en el interior
de las almas;

que arden de pasión,
que tiemblan por el dolor
de estar vivos.

IV

Maraña de ramas,
plexo de aromas, de musgos.
Echadas tus criaturas al sol.

Cultivan su progenie,
matan, a veces,
sin culpa, sin pasión.

Hambre eres.
Te precipitas como agujas
en el ser vulnerable.
Te apagas, te enciendes
sin prisa,
sin odio,
sin mal.

Mueves cada mortal
desde el vientre a la tumba.
Mueves la humanidad
inocente o corrupta.
Lo mismo te da.

Ellos juegan a Ananké.
Juegan el Eros también.
Juegan y degluten.
Degluten, tragan,
a veces sin masticar.

Juegan al hambre sin saciedad.
Juegan al hambre sin apetito.
Esa antigua torsión del logos en la lengua,
dime, musa, ¿qué tan retorcida puede ser?

Mi imago no basta.
Lo que pasa fuera me es inasible.
Por más que alguien se crea especial,
la infinidad de tropos,
la encadenada red de cruces,
los trabalenguas perdidos.
Todos son cómplices de esta miseria.

V

¡Y emprendieron la travesía!
A pie.
En barco.
Animales de carga.
Naves espaciales.

Cantando,
bailando,
dedicando plegarias,
tomando nota.

Osados en su creencia,
envueltos de mismidad.
Lo otro,
esclavo,
muerto,
vencido.

Lo propio ya inmortal.
Verdad:
Había nacido la verdad.



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