Olvido dícese de la fórmula
de quien se retira del campo de batalla,
del cobarde,
del que no insistió hasta la muerte.
Olvido dícese del que entierra
un trozo de sí mismo
en la tierra árida tras sus pasos.
Olvido dícese de aquel,
descuidado, que no ha llevado consigo
todo aquello
que le es fundamental.
Olvido dícese de quien
ha renunciado,
ha cambiado el rumbo,
se ha vuelto otro.
Olvido dícese también
del viajante que debió
tirar parte del equipaje,
ya sea ésta la más inútil,
la más pesada
o la más dolorosa
para poder seguir la travesía.
Lo cierto es que es un equívoco práctico
de la conciencia:
ignorar algo,
dejar un vacío
y llenarlo de cualquier otra cosa.
Lo que sea, no importa.
Todo vale.
Aún así, no podemos escapar:
nuestros indicios nos delatan.
Somos tal como el elefante,
nos es imposible olvidar.
Padecer del lenguaje,
borrar todas las huellas,
desactivar todas las invocaciones.
La abstención de la magia y del caso vocativo
son los modos fundamentales
en que se prevé la evasión radical
de un fragmento del mundo,
ya hecho nuestro sin dudas.
Insistimos tanto en la prohibición,
que los conjuros se tornan la verdad:
ha desaparecido.
Tal matanza masiva, evidentemente,
no es tributaria de una paz genuina:
los fragmentos muertos
están siempre latentes,
observando la ocasión, la excusa, la circunstancia
de emboscarnos y retornar,
en un caballo de Troya,
y recuperar el reino perdido.
¿Habrá que comenzar la carrera armamentista?
¿O tal vez asegurarnos de que haya
suficientes fuertes?
Eso sí: si el mundo cambiara demasiado,
tanto así que no lo reconocieran,
sólo serían unos zombies locos
reclamando una causa perdida.
de quien se retira del campo de batalla,
del cobarde,
del que no insistió hasta la muerte.
Olvido dícese del que entierra
un trozo de sí mismo
en la tierra árida tras sus pasos.
Olvido dícese de aquel,
descuidado, que no ha llevado consigo
todo aquello
que le es fundamental.
Olvido dícese de quien
ha renunciado,
ha cambiado el rumbo,
se ha vuelto otro.
Olvido dícese también
del viajante que debió
tirar parte del equipaje,
ya sea ésta la más inútil,
la más pesada
o la más dolorosa
para poder seguir la travesía.
Lo cierto es que es un equívoco práctico
de la conciencia:
ignorar algo,
dejar un vacío
y llenarlo de cualquier otra cosa.
Lo que sea, no importa.
Todo vale.
Aún así, no podemos escapar:
nuestros indicios nos delatan.
Somos tal como el elefante,
nos es imposible olvidar.
Padecer del lenguaje,
borrar todas las huellas,
desactivar todas las invocaciones.
La abstención de la magia y del caso vocativo
son los modos fundamentales
en que se prevé la evasión radical
de un fragmento del mundo,
ya hecho nuestro sin dudas.
Insistimos tanto en la prohibición,
que los conjuros se tornan la verdad:
ha desaparecido.
Tal matanza masiva, evidentemente,
no es tributaria de una paz genuina:
los fragmentos muertos
están siempre latentes,
observando la ocasión, la excusa, la circunstancia
de emboscarnos y retornar,
en un caballo de Troya,
y recuperar el reino perdido.
¿Habrá que comenzar la carrera armamentista?
¿O tal vez asegurarnos de que haya
suficientes fuertes?
Eso sí: si el mundo cambiara demasiado,
tanto así que no lo reconocieran,
sólo serían unos zombies locos
reclamando una causa perdida.
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