martes, 19 de agosto de 2014

OTRAS CAMAS

La casa grande llena de polvo. Su casa era demasiado grande por cierto. Se notaba que en algún momento había sido hermosa. Las paredes rasgadas huelen a humedad.
La cama de ese hombre olía a olvido,tal vez a abandono.
Ese aire sombrío de las ventanas vueltas hacia adentro.
Una lámpara muy gastada: la enciende y la habitación se pone triste.
Hace mucho que nadie barre el patio ni perfuma la sala.
Su mirada perdida al techo y sus ojos que se cierran para dormitar.
Cualquier otra cama le resultaba mejor
que su cama grande y vacía.
Siempre buscaba otras camas. También buscaba otras casas.
Cualquier otra casa era mejor que pensar en la que compartió con ella.
Fue la última casa, la última cama.
Todo se había ido con la luz de sus ojos pardos. Sé que se fue con esa alma que no pudo ser, con la niña de sus sueños. Porque con los ojos brillantes me habló de esa niña.
Fue tan duro que él se volvió de piedra. Fue tan duro que el amor se le murió de repente.
Ya no podía amarla.Y ella se volvió fría.
Todo lo que le quedaba olía a ella.
Ella se fue y su aroma se había quedado en cada rincón.
Tuvo que irse de casa, y vagar de cama en cama.
Atrincherarse fuera de sí.
Hace un poco más de dos años y medio que él vive en la casa grande, cubierta de polvo.
Pero para él no es su casa. Habla de ella en un tono lejano. Se escapa de ella cada vez que puede.
Quiso quedarse en la mía, pero yo tampoco la tengo.
Lo eché trescientas cuarenta y siete veces desde que lo conozco.
Todas las mujeres de su vida ahora parecen estar muertas.
¿Por qué será tan irremediable su vagabundeo?
Cincuenta y siete minutos. Tres mates. Un polvo.
¿Por qué seguir condenándonos a tanta miseria?

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